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Pequeños tiranos: Cómo enseñarle a tus hijos a manejar la frustración

Una reflexión para nosotras.

Cómo manejamos a nuestros hijos e hijas cuando quieren que las cosas se hagan como ellos desean. ¿Se lo han preguntado? Cada vez es más frecuente ver a mamás y papás que hacen de todo para que sus hijos no se enojen, no lloren o se frustren. Los vemos sobre exigidos, pidiendo créditos para comprar la consola de moda o trabajando horas extras para que no sea el único del curso que no ha viajado al extranjero. ¿Lo estamos haciendo mal?

Cómo llegamos a esto…

Hace un par de décadas atrás –incluso menos- la cosa no era así. Padres y madres tenían clara la importancia de decirle que no a sus hijos y no les generaba ninguna culpa hacerlo. Es más, creo que tampoco tenían la opción de darles en el gusto siempre.

Hoy en día las cosas han cambiado. En primer lugar está el hecho que papás y mamás trabajamos mucho más, por lo que no podemos estar todo el tiempo que quisiéramos con nuestros hijos y esto nos genera culpa. Darles en el gusto es una buena forma de disminuir esta culpa.

Por otro lado, hoy las familias son más pequeñas, lo que hace que la torta se reparta entre menos. El sueldo que antes se repartía entre cinco hijos, hoy con suerte se hace entre dos. Además está el amplio acceso a los créditos que nos permiten comprar de todo aunque no tengamos plata.

Comparemos un hijo único con el quinto hijo de una familia de seis. Naturalmente los padres del segundo niño tendrán que frustrar en más de una ocasión los deseos de su hijo porque deben repartir sus recursos en muchos más. Sin lugar a dudas, el quinto hijo será mucho más tolerante a la frustración y estará más preparado para la vida que el hijo único.

Tolerancia a la frustración, una herramienta para la vida

Hace varios años llegó a mi consulta un niño como de 12. Había pasado por cinco colegios, no lograba adaptarse a nada y trataba pésimo a sus papás.

Durante la entrevista con ellos, la madre me dice desesperada, “no sé por qué es así, si siempre le hemos dado de todo, nos desvivimos por él”. El niño estaba acostumbrado a hacer lo que quería, era incapaz de seguir reglas porque quería siempre hacer las cosas a su forma y cuando alguien le llevaba la contra (como algún profesor) en vez de enfrentar el problema y reconocer sus errores, le pedía a sus padres que lo cambiaran de colegio. Y ellos así lo hacían.

Lo peor es que mamás y papás llegan a la consulta jurando que en un par de sesiones se puede “corregir” esta condición. Lamentablemente no es así.

La mejor forma de trabajar la poca tolerancia a la frustración es frustrándolos. Sin embargo, para algunos papás esto es sumamente duro, se declaran incapaces de decirle que no a sus hijos. “Es que me da pena”. “Si puedo, cómo no se lo voy a comprar”, son frases que muchos dicen.

Tolerar la frustración finalmente es adaptación. Estos niños mimados, a quienes se les da todo, en algún momento tendrán que enfrentarse al mundo real donde no todos los celebrarán, donde no siempre ganarán los juegos de mesa (porque hay papás que incluso se hacen perder frente a sus hijos para evitar frustrarlos), donde no siempre se les dará la razón y donde miles de veces les dirán que no.

Aprender a decirles que “no”

Al ser esclavos de nuestros hijos y hacer lo imposible para que siempre tengan de todo y no sufran les hacemos un daño enorme. Les damos una imagen idealizada del mundo, los hacemos más débiles y menos preparados. Niños criados así son niños que a la primera dificultad en la carrera se cambian, son los que siempre creen que los profesores “les tienen mala”, que no les pagan lo suficiente en el trabajo o los eternos inconformistas con sus parejas porque “no los valoran”.

Debemos aprender a decirles que no. Que no nos dé pena que nuestro hijo sea el único del curso que no tiene los patines de moda o que no ha ido a ver la película recién estrenada.

Pena nos deberían dar los papás que se endeudan por sus hijos y esos niños que el día de mañana no lograrán adaptarse a la realidad mucho más adversa y menos tierna con ellos.

Enseñarles a tolerar la frustración es educarlos para la vida, porque finalmente la vida siempre tiene una cuota importante de frustración.

Preparemos a nuestros hijos para el mundo y evitemos que vivan en una burbuja donde el centro son ellos. La vida es muy dura por lo que es fundamental crear hijos fuertes, autónomos, que sean capaces de levantarse cuando se caen, de agachar el moño en ocasiones y de recibir críticas. Estos niños a la larga, sufrirán menos y serán más felices.

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