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No soy, ni seré una madre perfecta ¡lo dije y qué!

Al ingresar al “mundo de la maternidad” algo a lo que todas las mujeres nos veremos confrontadas, es a encontrarnos cara a cara con uno de los grandes temores que acechan al género femenino: el “ser mala madre”. Y como madre primeriza, debo reconocer que durante este primer mes de convivencia con mi bebé, no me liberé de caer en esta frecuente paranoia; ello, pese a que mi faceta de psicóloga saliera al rescate, como una voz que intentaba tranquilizarme, recordándome las enseñanzas de varios de mis profesores que a lo largo de la carrera repetían incansablemente: los infantes no necesitan una madre perfecta, sino que una “suficientemente buena”.

Por supuesto “suficientemente buena” para un ser autoexigente como yo (y como muchas otras que probablemente están leyendo esta columna) suena a “perfecta” a “madre ideal”. Pero como dice el refrán “otra cosa es con guitarra”. Lo que en cursos de cuidados y de estimulación del bebé sonaban muy fácil de realizar, en la práctica depende de las circunstancias: cómo es mi bebé, quién soy yo, cómo estamos emocionalmente en ese momento, qué le sucede a la guagua, qué hora es, dónde estamos, quienes nos rodean, qué me hace sentido, qué me acomoda, qué sirve, etc, etc, etc..

Por eso, de partir de lo vivido este primer mes, he llegado a la conclusión de que la maternidad es como el fútbol ya que “desde la galería todos metemos goles”. Ser mamá es muy distinto a ser espectador y juez de lo “que debería hacer” una mamá. Definitivamente, como todo en la vida, decir es más fácil que hacer.

Así que, a todas las mamás que están leyendo esta columna las invito a ser parte de una revolución que reivindica nuestro derecho humano a no ser una madre perfecta y las invito a abandonar la autoimposición de ser “la Maradona de la maternidad”, para permitirnos simplemente ser nosotras mismas; evitando caer en las tóxicas dinámicas de autocrítica, que a la larga nos impiden ser esa madre “suficientemente buena” que necesita nuestro bebé; ya que la comparación constante con esa versión de madre idealizada-perfecta que hemos creado cada una en nuestra cabezas y que creemos hace siempre lo “más recomendado” para el bebé, según el parámetro que hayamos decido escuchar del cuerpo médico y la sociedad; lo único a lo que nos va a conducir es a sentirnos estresadas, deprimidas o al borde de un ataque de nervios. Porque ¿qué diferencia hay entre criticarnos si no somos una madre perfecta y juzgarnos porque no nos vemos como un Ángel de “Victoria’s Secret”? La verdad, ninguna, ambas acciones mentales afectan de igual manera nuestra autoestima, autoconfianza y desde ahí, la relación que establecemos con nosotras misma y los demás, incluido nuestro bebé. Da para pensar ¿No lo creen?

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